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Partiendo de una lista de reglas no llegarás a conocer a Dios

3 мая 2011 г.
A los lectores del portal les es ofrecida la traducción de una de las conversaciones del Mitropolita Atanasio de Limassol. La traducción del búlgaro fue realizada por el diácono Gueorgui Maximov.

Cuando una persona quiere cambiarse a sí misma, ella comete un error, que en el pasado era cometido incluso en círculos teológicos y en las escuelas dominicales– la predicación del moralismo. En otras palabras, cuando alguien viene a la Iglesia, tales cristianos le dicen: “Mira, no hagas cosas malas, no vayas a malos lugares, no digas malas palabras” –y se ocupan precisamente de eso. Sin embargo, todo este moralismo es enfermo, es cierta compresión no-moral, no ortodoxa, es un puritanismo, un pietismo, que está orientado sólo a un resultado visible. Los Padres de la Iglesia no se ocupaban de tales cosas, miraban a la esencia.

Cuando un hombre con muchos problemas venía a ellos, ellos no comenzaban a hablarle sólo de cosas externas –y de ellas, claro está, ciertamente no se olvidaban– sino que sobre todo ellos hablaban sobre la relación con Dios. Por eso en el Evangelio Cristo señala que el más grande y el primer mandamiento de la Ley de Dios no es “No robarás” o “No cometerás adulterio” –esto es en último lugar,– sino que la relación con Dios, que se expresa en las palabras “Ama a Dios”. Si tú amas a Dios, tienes un sano y vivo amor a Él, entonces todo lo demás viene por sí mismo. En caso contrario tú puedes hacer todas las otras cosas sin tener que mantener y profundizar la relación con Dios.

Y entonces tú llegarás a ser una buena persona, incluso una persona maravillosa, pero no aquel, quien tiene una relación con Dios. Por eso los cristianos modernos, incluso los de mi edad, se sorprenden y no entienden las principales cosas de la Iglesia. Ellos dicen: “¿Acaso no es suficiente que todo esto yo lo haya cumplido? ¿Qué más se puede pedir?” Ellos no pueden entender, por ejemplo, al monacato, y se preguntan: “¿Para qué hacerse monje? ¿No se puede llegar al cielo sacrificándose en el mundo cotidiano?” Por supuesto, puedes llegar al cielo y así. Pero no nos hacemos monjes sólo porque así uno pueda salvarse.

Nuestra relación con Dios es una cuestión de amor. Esto no es una cuestión del deber ir a la iglesia, cumplir los mandamientos y ser una buena persona. Como un enamorado, sin ningún tipo de razonamiento racional, toma la guitarra, va a la casa de su amada, y canta allí toda la noche para expresar su amor. Antes hacían así, ahora yo no sé cómo hacen, a lo mejor envian un e-mail...

La relación con Dios es una relación de amor, de amor infinito. Este amor no encaja en esquemas o en programas, es una llama que se enciende en el hombre y que lo hace inflamar. No depende de cosas externas, sin siquiera mirar hacia ellas. Y aquellos, quienes miran a las cosas externas, también entran en relaciones familiares, y destruyen sus familias, porque dicen: “¿Acaso no soy un buen marido? ¿No te doy dinero? ¿ Acaso no te envío a viajar todos los veranos? ¿Acaso no viajo contigo todos los fines de semana? ¿Acaso no vengo todos los días después del trabajo directamente a casa? Yo no me comunico con otras mujeres, no te insulto y no te pego”. En otras palabras, hay como una lista, que al cumplirla, yo resulto siendo bueno. Y cuando ellos ven, que en un determinado momento la casa se derrumba, que uno de ellos es menospreciado por el otro, o que la otra mitad tiene una relación con alguien más, ellos se angustian, y preguntan: “¿Por qué?” No se dan cuenta que todas estas cosas no son algo así como una receta universal.

No sucede así, que, cumpliendo cierta lista de restricciones y prescripciones, tú te conviertes en una buena persona. Tú puedes cumplir todo y quedarse inútil. Como el fariseo, que cumpliendo todo lo escrito en la ley, fue rechazado por Dios, y el publicano, que no cumpliendo nada de lo escrito en la Ley, fue aceptado por Dios.

Por consiguiente, la pregunta consiste en aquello de que, cómo el hombre se presenta ante Dios, y si existe aquella relación viva, que supera a la ley y a las cosas externas.

Algunos pueden decir: “Si tú quieres creer en Dios, entonces tienes que hacer esto y esto”. Y nosotros hemos oído algo tal, que los pelos se ponen de punta, especialmente dirigido a los jóvenes: “Para ser un hombre de iglesia, un hombre de Dios, un buen hombre, es necesario cada semana asistir a la iglesia, no hacer cosas malas, no hacer esto y lo otro, comulgar tres-cuatro veces al año y cuantro veces confesarse”. Y en esto termina todo.

Pero esto es un error. Es necesario encontrar una relación de nuestro ser con Dios, y que esta sea una relación viva, como cuando amas a otra persona, amas sin esquemas, sin prescripciones y sin recetas. Como el enlace entre tú y otra persona vivo, así ocurre y en la relación con Dios. Solamente así podéis sentir verdaderamente aquella plenitud, de la que habla el Evangelio. Por eso hemos dicho antes que es necesario mirar no sólo a lo externo, sino que penetrar más profundamente para poder ver el por qué de nuestro vacío interior, y lo que nos sucede. ¿Por qué tenemos la necesidad de otras cosas? Porque no hay una relación viva con Dios. Cuando nosotros entendemos las razones, entonces, poco a poco, llegamos a la humildad, por eso lo de aquello, de que si realmente nosotros amáramos fuertemente a Dios, entonces no tendríamos la necesidad de ahogar nuestras penas en el vino. Cuando un hombre conoce esto, él, poco a poco, se acostumbra a ver las cosas correctamente y comienza a curarse de aquel problema que lo agobia.

No sé si a Usted le han cansado las cosas a las que yo me refiero. Pero yo creo que esto trata de lo más principal y mucho más importante de lo que a menudo escuchan en la Iglesia los feligreses, como es sobre la globalización o la clonación. Claro, y de esto es necesario saber la opinión de la Iglesia, pero usted sobre eso escucha todos los días y está hasta más enterado que yo. Del obispo y de la Iglesia es necesario escuchar sobre aquello que Usted no puede escuchar en otro lugar.

Inmediatamente después de las palabras “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” (Mt. 5, 6), Cristo nos lleva al siguiente nivel, diciendo: “Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mt. 5, 7). Cuando nosotros decimos “benevolente” o “misericordioso”, a continuación, nos recordamos de la caridad. Viene alguien con la mano extendida, y tú le das una moneda o un billete – esto, por supuesto, es caridad, así como la participación y en diversas actividades sociales, y en el cuido de los necesitados. Todo esto es bueno y necesario para el apoyo de la vida social. Sin embargo, aquí Jesús no habla sólo de eso. Él no se detiene en las cosas externas – en Sus palabras hay una profundidad particular. Cuando nosotros escuchamos la palabra “benevolente”, nuestra mente se eleva a Dios mismo. Como decimos en la iglesia: “Porque tú eres un Dios benevolente y amador de los hombres”, “Ten piedad de mí por tu gran misericordia”. “Benevolente” es un epíteto de Dios. Así, una persona es benevolente en imitación de Dios benevolente. San Isaac el Sirio tiene unas hermosas palabras: “¿Qué es un corazón benevolente? Es un corazón, que siente dolor por toda la creación, por todas las personas, por los pájaros, por los animales, por los demonios y por toda criatura, así, cuando la persona los ve a ellos, o se acuerda de ellos, de sus ojos corren lágrimas”.

¿Por qué es así? Porque así es Dios. Dios ama a todos sin excepción – esta es la verdad fundamental de la Iglesia; no existe ni el más mínimo cambio en el amor de Dios hacia su creación. Como Él nos ama a nosotros, así ama y a los demonios. Porque si Dios amara a alguien menos, y a alguien más, eso significaría que Él tiene una medida en el amor, un cambio en sí mismo, y no es perfecto. Pero el hecho es que nosotros no somos iguales en nuestro amor a Dios. El diablo totalmente no ama Dios, la Santísima Virgen lo ama enteramente. Mientras que entre nosotros hay alguien que lo ama en un diez por ciento, otro en un veinte, y algunos hasta en un cien, y por eso en nuestras relaciones con Dios existe una diferente medida en dependencia de la persona y no de Dios. Esto es lo principal, lo que nosotros debemos saber, para no levantar la acusación contra Dios de que, supuestamente, “Él ama a los demás mucho, y a mí poco”.

Por eso, cuando nosotros sabemos de nuestro Prototipo – Dios, entonces podemos entender y a el hombre. Y también sabremos que en última instancia, no podemos amar a unos más y a otros menos, así como también el hecho de que no debemos ser rudos en relación, por ejemplo, hacia los delincuentes o personas que se encuentran en una situación difícil. No debemos experimentar en el alma una mala disposición. Tienes que sentir amor por todos, sin excepción. Examinemos, ¿existe en nosotros esa medida del amor perfecto? No. Nosotros estamos más abajo, cada uno en su medida. Sería bueno si fuéramos grandes santos. Entonces tendríamos un amor perfecto. Nuestro amor es pequeño, pero hablamos del perfecto para saber a que es necesario aspirar.

Perfección – esto es cuando tú te relacionas a la persona con un amor absoluto. El amor no significa la satisfacción de tus propios deseos, no significa que me he atontado, que no comprendo lo que ocurre alrededor, y veo todo de color rosa. El hombre de Dios no es un tonto y no es un loco. ¿Qué ocurre en realidad? Simplemente que del alma de la persona son expulsadas las pasiones, y ella ve las cosas a como son, ve el mal, ve la malicia, las comprende perfectamente, pero ya no seguía por ellas al relacionarse con las demás personas, y puede arreglar algo de manera apacible, y no emotiva, porque posee un amor absoluto. Esto es muy importante, porque si nosotros no tenemos tal amor, entonces, enfrentandose todos los días con las manifestaciones de la maldad humana, la mezquindad, las debilidades, empezamos a tener una mala relación hacia las personas, aunque no quisieramos esto. Tal es la imperfección humana.

Si tú no tienes una actitud generosa para esas cosas, entonces, tu caerás en aquel molino, donde tú mismo molerás, y a tí te molerán, y no podrás sobrellevar ni una sola dificultad de la vida, incluso de parte de la persona más querida por tí. Si no tenemos un corazón misericordioso, entonces, caeremos en el molino que nos molerá con las muelas de las dificultades, de los desengaños, de las decepciones, porque nuestro corazón no ha aprendido de aquella nobleza espiritual, que nace de la compasión hacia cada persona. Porque sólo cuando se es sensible a otra persona es que la puedes comprender.

Hasta tal punto debe ser sensible tu corazón, de que sienta los pensamientos y los cambios de las otras personas. Y ¿cómo puedes comprenderlos si tu corazón es insensible? Cuando el corazón se ha petrificado a causa de las pasiones, el pecado y la codicia, tú no comprenderás nada de esto, o harás algo peor aún: podrías matar a otro y reirse de eso. Hay personas que se alegran cuando atormentan a otros, y hay quienes lloran de sólo haber oído o haber pensado algo malo. Estoy hablando ahora de la sencillez y la sensibilidad del corazón, que se aparecen como resultado del trabajo espiritual del hombre y no tienen nada que ver con la depresión o cualquier cosa dolorosa. Este dolor no es depresión, no es una especie de desesperanza, sino que es la comprensión de los acontecimientos que nos rodean tales a como ellos son.

La obtención de un corazón misericordioso comienza con cosas sencillas: de la manera cómo tú hablas con otra persona, con que disposición le ayudas a ella, incluso tendiendole un billete. ¿Por qué Cristo nos llama a ser misericordiosos? ¿Para hacer que los pobres sean ricos o que los ricos sean pobres? Desde luego, no para esto, sino para que nos comuniquemos con el prójimo. La causa de la limosna, según el Evangelio, no radica en el campo social, sino en el espiritual – aprender a comunicarse con su hermano, a compadecerle en sus desgracias, aprender a privarse de algo en favor del otro, en fin, a morir para que otros vivan. Así como Cristo murió para que nosotros vivieramos.

Traducido del búlgaro al ruso por el diácono Gueorgui Maximov

Traducido del ruso al español por Bogoslov.Ru

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